Creative Commons License
aborto de pensamientos/abortion of thoughts is licensed under a Creative Commons Atribución-No Comercial-Sin Obras Derivadas 2.5 Argentina License.

sábado, 28 de noviembre de 2009


Las irregulares rocas grises son algo más que una figura estática en el paisaje. Maraña de pelos lentamente danzando cual medusa en la sombría tranquilidad de esas oscuras aguas, resultado de negras sombras suicidas en el atardecer. Cabezas que rompen la lisa superficie líquida acompañadas de aureolas áuricas que giran en movimiento descendente y medio zigzagueante dejando en el olvido viejas promesas inscriptas en algún momento de armonía. No más que no correspondidos, en frustración y pena desbordante, rindiendo tributo a la poetiza. Futuras ánimas danzantes que enfrían con su esencia el compasivo mar que comenzaba a tragarse cada rayo de sol. Atardeceres. Culminaciones. Templada claridad que cede lugar a una gélida oscuridad. Léucade.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Me ha pasado de despertarme por ruidos. Mil veces, ¿a quién no? El teléfono que suena, algún desubicado que toca a la puerta, un vecino que grita, una frenada de autos en la calle…y la lista puede ser eterna.

Me ha pasado de despertarme por movimientos..una zamarreada, el gato que se te sube encima, el vehículo que agarra un pozo…típico también.

Me ha pasado de despertarme con la luz que entra por la ventana, cuando algún salvaje la abre en busca de que abandonés el mundo de Morfeo...o cuando te olvidaste de bajar la persiana y el nuevo día se anuncia con rayos de sol en tu cara que se frunce y, buscando la sábana, se da vuelta para desafiar la responsabilidad de empezar la rutina.

Me ha pasado de despertarme de mil formas, pero nunca me había pasado de despertarme por un olor. Eras vos, y yo no entendía nada. Flashes de tu cuello, de tus labios, de tu abrazo…y nada. Ojos a medio abrir, cerebro tratando de interpretar la música que entraba por mis oídos. Los auriculares, cierto. Abro un poco más los ojos, mientras mis manos tanteaban el alrededor en busca de tu mano, probablemente. Más flashes, sólo flashes. Ante mí la autopista y mi cerebro que estaba a medio camino de entender que la autopista y vos eran ideas mutuamente excluyentes. Ese aroma…eras vos….no, no eras vos. Era la vieja de mierda que tenía al lado que no tuvo mejor idea que estarse bañando en la misma loción J & J que vos usás y que evidentemente mi cerebro ya la archivó como referente tuyo.

La realidad puede resultar una gran desilusión. Desilusión que te lleva del segundo inconsciente al segundo de llanto calmo y cuasi disimulado. La realidad puede ser la impotencia de apretar el celular que quedó en tu mano, antes de dormirte, tras leer ese mensaje que horas antes había causado lágrimas similares. La realidad puede ser un sentimiento detestable a veces.

domingo, 15 de noviembre de 2009


Recuerdos de la eternidad que las siestas significaban en mi infancia. Explotar la creatividad para pasar el tiempo en el silencio de la casa de barrio alejada del centro de la ciudad. Esperar que mamá se levantara para llevarme a la casa de mi abuela, que llegara de trabajar para que fuésemos al centro o, si estaba en la casa de mi abuela, esperar que mi tía se levantara para que jugáramos Scrabble, generala o el capricho que estuviese de turno.

Divagar de cuarto en cuarto en punta de pie, lo más sigilosamente posible para no despertar a nadie, en caso de haberme compenetrado con algún pasatiempo. De lo contrario, si el aburrimiento me estaba devorando, haciendo ruido con cuidado, es decir, ruido que no parece resultado de un acto deliberado.

La palabra “sigiloso” la asocio con los ladrones. Eso me recuerda que mi mente asocia siempre, desde que tengo uso de razón, las palabras “ladrón” y “cocodrilo”. Esto viene a que la mente almacena vocablos de dos maneras, por semántica y por fonética. Mi hipótesis es que en los primeros aprendizajes de escritura y lectura en el colegio, cuando tocó aprender la combinación “dr”, esas dos palabras fueron ejemplos. Y supongo que para hacerlo más didáctico la maestra habrá incluido ilustraciones de las palabras en cuestión, lo que resulta en que no resulta raro que de vez en cuando me imagine un cocodrilo con antifaz. Estereotipos, otro tema.

Departamento rosarino medio en penumbras, índice de progresivo atardecer. Camino en medias, semi vestida, ya que la remera es pijama. Me cuelgo apoyada en el umbral de la puerta de la cocina, miro las hojas de las plantas del patio. Orejas de elefante. Con esa imagen surgió todo el debate mental que le precede a esta idea. Esa planta me recuerda mi infancia, las siestas en la casa de mi abuela, jugando al rayo del sol, probablemente haciendo travesuras. Creo que esas plantas las tengo muy presentes por lo mucho que me insistían con que me lavase las manos si las tocaba, porque “son venenosas”. Y eso me lleva a pensar que los caracoles, que tanto asco me dan, deben de tener linda tolerancia en el proceso químico de la digestión, porque se las comían que daba miedo.

Deben de ser orejas de elefante africano, los asiáticos las tienen más chicas.

Y volviendo a los caracoles, uno siempre se trepa a la medianera para cruzarse al patio de los vecinos a jugar fútbol cuando éstos se van de vacaciones. En una de esas veces fue que decidí no cruzarla más, o no al menos por la parte en la que la enredadera la empapelaba. Todavía escucho el crujido y siento la baba en mi mano cuando aplasté un asqueroso caracol con la palma de mi mano izquierda. No, obvio, luego de eso no salté para el lado del vecino a jugar en su meticulosamente cuidado césped que te ayudaba a imaginar que estabas en la bombonera. Obvio que salté para mi lado; con alta cara de asco fui a lavarme las manos en un ciclo interminable de jabón y agua.

Y ahora me pongo a pensar por qué puse jabón y agua y no agua y jabón, como es el normal orden de los elementos. Es como una expresión fija. Como blanco y negro, que en inglés es al revés…lo cuál me lleva a pensar la extrañeza de poner el negro primero…¿o será que el burro por delante?

jueves, 5 de noviembre de 2009

Cuarto de cuatro por cuatro, oscuro, ropa desparramada en la cama, en el suelo, sobre los muebles, tufo, olor a cigarrillo insoportable, como si hubiese estado fumando ahí por meses sin abrir la puerta o la ventana. Tufo que se te adhería a la piel y te penetraba por los poros hasta quemarte la garganta.

Sábanas de seda grises y su pierna a medio tapar. El torso desnudo y la mirada desviada, perdida en algún mundo paralelo. Jugaba con su anillo, como siempre que su mente evadía la realidad, como siempre que algo la perturbaba.

Sentía que algo oprimía su pecho, como si un camión le estuviera pasando por encima. Su infancia, destellos de la niñez que no pudo ser. Se veía a sí corriendo en el jardín de la vieja casona que el padre había heredado del tío. Un vestido blanco con bolsillos a los costados, guillerminas blancas y dos colitas en el pelo, una a cada costado, prolijamente atadas con cinta de raso roja. Una frenada de un auto que provenía de afuera le hizo desviar la mirada de izquierda a derecha. Sus ojos se fijaron entonces en el portarretratos que tenía desde hacía años sobre la cómoda, ahora cubierta de polvo y alguna que otra tela de araña. Su madre. ¿Era realmente esa mujer su madre? No lo sabía, pero siempre prefirió no indagar demasiado; le convenía creer que lo fue.

Ella corriendo por ese jardín. Veía imágenes, no oía voces de esos recuerdos, sólo imágenes…nítidas, sin embargo. Ella pisando ese césped que tantas veces le pidieron a gritos que no pisara y que, en cambio, caminara o corriera por el caminito de piedra laja. Ella acercándose a las rejas que separaban la propiedad de la calle. Ella agarrada de esas rejas, observando la libertad del otro lado. Ella imaginando algún cuento de hadas, como siempre que estaba sola y se enajenaba. Siempre quiso un hermanito, no la dejaban hacer amigos y nunca entendió por qué. Cada mano en un barrote de la reja medio herrumbrada. Las imágenes recobraron voces.

-Hola…¿cómo estás?

Miraba en silencio, observaba las facciones de quien le hablaba, pero no respondía. La persona detrás de las rejas insistió, con voz suave, con paciencia.

-Pero qué nena más linda…lástima que no hable…si hablara quizás le regalaría lo que tengo en mi bolsillo.

La curiosidad siempre es más fuerte. Golpe bajo.

-Sí hablo.
-Hola, entonces…
-Hola..
-Me llamo Rafael…¿y vos?
-Mi papá me dice Princesa.
-Ohh, pero ¡cómo no me di cuenta! Si está claro…la princesa en su palacio…y, ¿cuántos años tiene, bella princesa?

No respondió con palabras, pero señaló con cuatro deditos de su mano derecha.

-Ooh, ¡pero qué grande! Me sorprende que siendo tan grande esté de ese lado, encerrada..
-No me dejan salir...ni correr por el césped. Mi papá dice que el rocío me ensucia los zapatos..
-Pero una princesa debe mandarse a sí misma, sino cómo ser reina después. Debería salir de su palacio y admirar el mundo que tiene a sus pies, ¿no le parece?
-Pero no llego - dijo señalando la traba que mantenía las puertas de reja juntas y cerradas-
-Bueno, su majestad, pero yo podría abrirla por usted y mostrarle las maravillas de este lado…¿le gustaría?

Ella tímidamente, con las manos en los bolsillitos, asintió con su cabeza. Él abrió la reja, relojeando que nadie mirara y la tomó de la mano.

Un portazo del vecino la volvió de nuevo a ese portarretratos. Sintió una lágrima cayendo por su mejilla, se la secó con el brazo con descuido, encendió otro cigarrillo y lentamente apretó el puño de la mano libre.

martes, 3 de noviembre de 2009


"Y nosotros, de quienes el pensamiento ve ascender la ventura,
experimentaríamos ese enternecimiento,
que casi nos desconcierta
cuando vemos caer una cosa feliz."
-Rainer Maria Rilke-

Vértigo, miedo..miedo a caer. Saber que estás en lo alto y que fácilmente podés estrellarte en lo más bajo. Tu ser hecho añicos…dolor insufrible. El tiempo no alcanzaría para incorporar las partes hasta que nuevamente conformen una unidad. Vértigo, sentir que las piernas te flaquean, que el estómago se cierra, que el pecho está a punto de implosionar. Sentir que sin una tregua el corazón, que tanto bombea y estremece tus entrañas, terminará por desconcentrarte para consecuentemente perder el equilibrio. Maroma...cuerda floja. Cualquier movimiento en falso significaría la caída. Y todo en un segundo. Un latido, una inhalación, aire en la cara, un pensamiento latente, fuego en la cara, fuego en el pecho. Dolor en cada milímetro del cuerpo que te contiene. Mil pedazos de vos embaldosando el fondo, lugar al que no querías llegar. Y sin embargo, la memoria intacta. La maldición de que sea lo único que sobreviva. El eterno recordar: actividad cíclica que te condena a la pena, que te pisotea la voluntad de renacer.

"Estar muerto es plenitud de pena"
-Rainer Maria Rilke-