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jueves, 5 de noviembre de 2009

Cuarto de cuatro por cuatro, oscuro, ropa desparramada en la cama, en el suelo, sobre los muebles, tufo, olor a cigarrillo insoportable, como si hubiese estado fumando ahí por meses sin abrir la puerta o la ventana. Tufo que se te adhería a la piel y te penetraba por los poros hasta quemarte la garganta.

Sábanas de seda grises y su pierna a medio tapar. El torso desnudo y la mirada desviada, perdida en algún mundo paralelo. Jugaba con su anillo, como siempre que su mente evadía la realidad, como siempre que algo la perturbaba.

Sentía que algo oprimía su pecho, como si un camión le estuviera pasando por encima. Su infancia, destellos de la niñez que no pudo ser. Se veía a sí corriendo en el jardín de la vieja casona que el padre había heredado del tío. Un vestido blanco con bolsillos a los costados, guillerminas blancas y dos colitas en el pelo, una a cada costado, prolijamente atadas con cinta de raso roja. Una frenada de un auto que provenía de afuera le hizo desviar la mirada de izquierda a derecha. Sus ojos se fijaron entonces en el portarretratos que tenía desde hacía años sobre la cómoda, ahora cubierta de polvo y alguna que otra tela de araña. Su madre. ¿Era realmente esa mujer su madre? No lo sabía, pero siempre prefirió no indagar demasiado; le convenía creer que lo fue.

Ella corriendo por ese jardín. Veía imágenes, no oía voces de esos recuerdos, sólo imágenes…nítidas, sin embargo. Ella pisando ese césped que tantas veces le pidieron a gritos que no pisara y que, en cambio, caminara o corriera por el caminito de piedra laja. Ella acercándose a las rejas que separaban la propiedad de la calle. Ella agarrada de esas rejas, observando la libertad del otro lado. Ella imaginando algún cuento de hadas, como siempre que estaba sola y se enajenaba. Siempre quiso un hermanito, no la dejaban hacer amigos y nunca entendió por qué. Cada mano en un barrote de la reja medio herrumbrada. Las imágenes recobraron voces.

-Hola…¿cómo estás?

Miraba en silencio, observaba las facciones de quien le hablaba, pero no respondía. La persona detrás de las rejas insistió, con voz suave, con paciencia.

-Pero qué nena más linda…lástima que no hable…si hablara quizás le regalaría lo que tengo en mi bolsillo.

La curiosidad siempre es más fuerte. Golpe bajo.

-Sí hablo.
-Hola, entonces…
-Hola..
-Me llamo Rafael…¿y vos?
-Mi papá me dice Princesa.
-Ohh, pero ¡cómo no me di cuenta! Si está claro…la princesa en su palacio…y, ¿cuántos años tiene, bella princesa?

No respondió con palabras, pero señaló con cuatro deditos de su mano derecha.

-Ooh, ¡pero qué grande! Me sorprende que siendo tan grande esté de ese lado, encerrada..
-No me dejan salir...ni correr por el césped. Mi papá dice que el rocío me ensucia los zapatos..
-Pero una princesa debe mandarse a sí misma, sino cómo ser reina después. Debería salir de su palacio y admirar el mundo que tiene a sus pies, ¿no le parece?
-Pero no llego - dijo señalando la traba que mantenía las puertas de reja juntas y cerradas-
-Bueno, su majestad, pero yo podría abrirla por usted y mostrarle las maravillas de este lado…¿le gustaría?

Ella tímidamente, con las manos en los bolsillitos, asintió con su cabeza. Él abrió la reja, relojeando que nadie mirara y la tomó de la mano.

Un portazo del vecino la volvió de nuevo a ese portarretratos. Sintió una lágrima cayendo por su mejilla, se la secó con el brazo con descuido, encendió otro cigarrillo y lentamente apretó el puño de la mano libre.

3 comentarios:

  1. Hola... aquí son diez para las 3 de la mañana asi que di una vista rápida a tu página... y vi que te gusta sonata artica a mi tambien me encanta!!!!

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  2. me corrió un frío. como ya te dije, sos buena para los diálogos y para los escondites. gustóme che. te mando un abrazo. volviste a córdoba? seguís en Villa? estás en Neverland?

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  3. Volví... te estuve buscando hoy.

    Tu escrito esconde algo que me da miedo...

    se te escapa por la grieta lo indecible...

    espero que me contestes pronto.

    Besos

    pazchi

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