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miércoles, 6 de julio de 2011

Decir es hacer, dijo alguna vez Austin. Y mierda que tenía razón. Por eso mismo hay que medir las palabras, aprender a administrarlas y largarlas en tiempo y forma adecuados (lo cual nos lleva tranquilamente a poder debatir sobre la pertinencia, pero eso lo dejamos para otro día). Uno nunca sabe cómo lo que uno dice puede afectar al sujeto en cuestión (por no decir “objeto”). Por más que aparente que le entra por un oído y le sale por el otro, en algún lugar del cerebro quedan pegadas las palabras escuchadas. Claro también, que el contexto lo es todo: quién lo dijo, cuándo, dónde, por qué, etcétera. Uno a veces intuye que si dice lo que piensa o siente, equivaldría a meterle un dedo por el cráneo al otro y revolver como quien a falta de cuchara, disuelve con el índice el juguito en el vaso. Es entonces, cuando uno intuye eso, que llama al silencio (igual, tiempo al tiempo). Es sabido también que el silencio tiene voz propia, que basta con saber decodificarlo. Voces hay en muchos lados, sólo hay que estar atento.


5 comentarios:

  1. Me figuré todo lo de revolver el cerebro con el dedito eh... un asquito.

    Lindo escrito, by the way.
    Besos mamu!
    Manatee

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  2. si, estuve medio grafico, no? =P
    gracias, mamuuu

    nos vemos para el Champion Trophy 2012 en Rosario???

    Beso!

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  3. Te pusiste mediometaliteraria XD Me gusta. Un besote!

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  4. Muchas veces el silencio respeta el principio de cooperatividad, sólo hay que saber escucharlo.

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