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martes 20 de diciembre de 2011


Atábase su moderno pantalón con tiras, moderno y no por eso menos complicado (o justamente por eso lo era?), esperando que nadie entrara al baño. Idiota de su parte, tratándose de un lugar público. Bueno, no público, en realidad era privado, pero compartido por muchas personas (algunas personas sí eran públicas; otras, un tanto privadas). Ironías de la vida fue que no entrara nadie, salvo aquella persona cuya anatomía sintió alguna vez sobre su espalda. Me río, no miro atrás y entro rápidamente al cubículo a evacuar. Mientras siento el ruido típico tras apretar el botón, miro mi reflejo en la bisagra. Realidad deformada. Realidad deformada deformada? Si se deforma lo ya deformado, se deforma más? Hay grados de deformabilidad? Pienso esto mientras me lavo las manos y suspiro tras pispiar las agujitas de mi muñeca, ese pulso ajeno que mantiene vivo, o mejor dicho, que existe mientras uno existe. Cuando uno ya no es uno, las agujitas no tienen nada que señalar. Cuando uno deja de existir se violan las reglas que rigen en esos 360 grados. Lo sexagesimal se vuelve infinito. Y aunque lo infinito es de alguna manera circular, no es lo mismo. Claro que no. Ya nada cuenta, ya nada pasa, ya nada importa. Ya no se está nunca tarde…ni temprano. No se está porque no se es.

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