Lo que se
ve siempre es la punta del iceberg, y Titanics somos varios.
La humanidad
se esmera en fantasear con exageradas distopias en películas, libros,
videogames y cuanto artilugio del mercado sea posible, y lo paradójico del caso
es que para distopias no tenemos más que despertarnos, salir al mundo y
respirar en cualquier rincón de éste, porque ésa es la realidad en la que
vivimos. Y la gente que habita este caos global, a grandes rasgos, se divide en
tres grupos: los idiotas que viven en una nube de pedo, los hijos de puta que
contribuyen a lo apocalíptico y los pensantes amargados (no son grupos mutuamente excluyentes).
Hemos
construido una hiperrealidad cuasi perfecta a la que contribuimos a diario cultivándola con dedicación para vivir en
ella, dado que cuanto mejor luzca, más alejados estaremos de la realidad a la
que deseamos camuflar. Porque es así, lo que no gusta y queda feo hay que
taparlo. Como la basura que pateamos debajo de la cama, como la mancha en el
vestido que tapamos con un prendedor, como el tatuaje que hacemos arriba de una
cicatriz.
Carteles luminosos
al lado de carteles luminosos que están debajo de otros carteles luminosos
enfrentados a otros carteles luminosos ubicados arriba de otros carteles
luminosos que ocupan el lugar de viejos carteles luminosos que los reemplazan. CompreOfertaDescuentoLiquidaciónDeRegaloAprovecheCompreCompreCompre. La saturación ideal para dormir en la feliz ignorancia que todo lo reviste (y
re no es un prefijo).
La respuesta
más simple, y la única diría, a esta bola de nieve en la que rodamos es ‘dinero’.
Así de escueto, así de corriente y así de chato.
En este punto agrego mi fé de erratas y digo que fantasear con distopias no es del todo paradójico, al fin y al cabo es la idea (alejarnos de lo real).



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