Creative Commons License
aborto de pensamientos/abortion of thoughts is licensed under a Creative Commons Atribución-No Comercial-Sin Obras Derivadas 2.5 Argentina License.

miércoles, 18 de enero de 2012


El calor me trajo hoy mirando hacia abajo, esquivando el sol, mirando el camino, evitando contacto visual para evitar conversaciones indeseadas. Sólo levanto la vista y me saco los lentes cuando piso la alfombra azul de entrada, a veces también me saco el metal de los oídos. Pero hoy no fue el día. Levanté la vista y te volví a cruzar como tantos mediodías atrás. Ni vos ni yo miramos, sólo te abrí la puerta. Las horas pasaron, más lento de lo que hubiera querido, y te crucé también cuando me iba. Me esperaste por segunda o tercera vez justo a tiempo. Tan perfectamente sutil que ni me percaté, tan perfectamente espontaneo que me sorprendí. Finalmente nos dignamos a sostener la mirada y me regalaste esa media sonrisa (estoy segura de que yo automáticamente miré hacia abajo). Te abrí la puerta una vez más, y me sonreí internamente porque comienzo a gustar de tu forzada dependencia. En este punto me pregunto cuántas puertas más tengo que abrirte para que haya más líneas en el diálogo, nos invitemos a compartir el almuerzo o, por qué no, me ofrezcas alcanzarme con tu auto. Entonces me pregunto si vamos a seguir esperando que nos presenten. Y me regocijo en saber que la diferencia es que esta vez sé tu nombre, aunque prefiera olvidarlo, y que no soy yo la de los perfectos timings. Y vos…vos por lo pronto me seguís mirando con picardía a través de esos lentes.

sábado, 14 de enero de 2012

De (d)olores del pasado


Me había olvidado del olor a Papá Noel, del arroz con porquerías, del ceñito fruncido y de los pelos feos. Bueno, no es que me había olvidado, sino que estaban archivados, ahí en el cajón hipotalámico más lejano al fácil acceso. Quizás todo retornó hoy cuando abrí el estuche del inflador, o quizás cuando miré el chancho-vaca en ese momento de la tarde en el cual pensé en la inflación, y en el cual, además, recordé esa charla con mi padre sobre australes y pesos argentinos. Y dólares por supuesto, también. Cuánto puede arder una ínfima gota de aceite caliente que decide estacionarse en una mano. Uno piensa que casi no tiene cuerpo, que casi no existe, pero sí, duele, arde, irrita, molesta. Veo esa manchita roja y luego veo la milenaria cola de rata (están muy cerca). Donde habrá sido que se cortó y se resignificó? En Cabildo? En Juramento? En Corrientes? No tengo la menor idea, pero ya estoy mezclando historias y personajes.

Intento, pero no puedo. No puedo conmigo. Emocionalmente disfuncional.

lunes, 9 de enero de 2012


Cuando uno camina sin cumplir una rutina, es decir, por gusto de caminar, por necesidad de darle un respiro a la mente, y para liberarse de la asfixia que genera el tedio, nota cosas que son invisibles al ojo diario de la monotonía de lunes a viernes. Claro, no hay prisa por llegar a ningún lado, ya que se camina sin rumbo, dirigiendo los pasos aleatoriamente. Entonces mirás a tu derecha y ves una antigua puerta de madera, de ésas altas, de ésas que te gustan. Notás que los vidrios del lugar están rotos, que está todo oscuro y que incluso se ha juntado basura en el umbral como resultado de los vientos. Todo da a entender que es un lugar abandonado y viniéndose abajo. Y de pronto, al volver la mirada a esa puerta, un recuerdo viene a tu mente. Pasás todos los días por ahí, pero la rutina anula ciertos recuerdos y por ende se cancelan algunas posibles reflexiones. Pero ahora paseando es distinto. Entonces pensás que ése era el lugar al que ella quería ir para aprender a bailar tango y recordás que cada vez que pasaban por esa calle, al frente de esa fachada, discutían por esa misma razón. Luego vienen a tu mente las veces que te torturaba diciendo que se inscribiría y de pronto sentís un poco de asfixia de nuevo, por ende cambiás de tema. No hay nada peor que amargarse por uno mismo. Mirás de perfil a la catedral, que no te recuerda a nada, o quizás sí, pero todo insignificante. Y volvés a respirar, sentís la brisa fresca en tu cara, cruzás la calle y seleccionás adoquines por los cuales caminar a la par que pesa en vos la soledad.

viernes, 6 de enero de 2012


La rutina había sido larga y agotadora, pero afortunada y finalmente pudo depositar su cuerpo en la cama. Era tarde ya, de madrugada; el viento soplaba casi sin fuerzas, sólo movía un poco el calor del ambiente, pero el ventilador hacía amena la permanencia en ese cuarto. El silencio crepuscular no era muy interrumpido, salvo por ruidos lejanos de tránsito. Terminó de acomodarse boca abajo y largó un suspiro, de esos que se dan cuando finaliza el día a modo de punto final. Fue cuando intentaba poner su mente en blanco, para entregarse al mundo de los sueños, que observó la pared que tenía en frente. Rayas de luz que se filtraban por la persiana. La luz provenía de hogares del exterior, eso no importaba. Pero le pareció un efecto sensual, le daban ganas de tocarla, como si fuera algo tangible. Maravilloso. Como pensamiento efecto le surgieron fervientes ganas de tenerla a ella en su cama, ahí justo a su lado. Se imaginaba mirándola detenidamente, con sus verdes ojos bien atónitamente abiertos. Esos rayos iluminarían su perfil, sus labios carnosos, sus pechos, su vientre, sus piernas. Él seguiría con sus yemas el camino de luz y así podría sentir a ambas.

lunes, 2 de enero de 2012


La verdad es que cambié de idea mil veces con respecto a hacer o no un balance anual de este 2011, así como también cambié de idea varias veces con respecto a muchas cuestiones en mi vida. Sé que éste no va a ser un balance muy honesto, no porque vaya a mentir, sino porque sí voy a ocultar. Años anteriores presté atención a muchos detalles, a muchos decires, a muchos silencios, en fin, a muchas cosas (o incluso podría decirse, a cada cosa). Pero este año no, este año me dediqué a blanquear (borrar) más aún mi mente y a enfatizar lo fugaz e intrascendente de casi todo/s. Este año me costó mucho encontrarle sentido a las cosas. Este año me costó mucho prestarle importancia a las cosas, a las personas, a los hechos.

El año empezó bastante bien, con uno de los tantos viajes que hice. Empecé el 2011 con el único de los 3 viajes a BA que tenía planeados. Fue una linda estadía, con varias caras y varias actividades. Pero extrañé y sigo extrañando. Y las otras visitas a Capital por una razón u otra tuvieron que ser canceladas.

Pasaron bastantes personas por mis días durante los primeros meses, de esas personas que pasan, te dejan algún que otro recuerdo y se van (o las vas). Sólo una persona, que se cruzó en mi vida en un temprano 2011, se quedó, sigue en mis días y es alguien a quien aprendí a querer bastante.

Un año que me enseñó lo que es el miedo a la muerte. No propia, sino ajena, de esas personas que querés o aprecias bastante. A raíz de esto, revolví el pasado sin quererlo. Shitty por un lado, enriquecedor por otro. Supongo. Y supongo también que todo esto explicá por qué fue un año en el que volví bastante a mi familia (con altibajos incluidos).

Salpiqué el año con varios viajes, acá y allá. Algunos viajes fueron sola, otros con compañía. Todos fueron bastante introspectivos y momentos amenos. Y todos fueron para escapar de algo. Me escapo de muchas cosas últimamente.

Este año como propuesta de cambio me llené de cosas para hacer y de paso procrastinar con las cuestiones que realmente eran (son) prioridad. Hice cursos, talleres, asistí a seminarios y una tonelada de giladas por el estilo. Aprendí mucho, en especial lo experta que soy en hacerme la boluda con mis responsabilidades.

Fue un año en el que formé otra vez un grupo de amigos, a pesar de lo muy en contra que siempre estuve de los grupos. Grupo lindo, grupo divertido, pero grupo. Valoro más que nada la relación individual que tengo con dos o tres de ellos.

Este año, por experiencia propia y ajena, caí en cuenta de lo mucho que cuesta compartir, comprometerse, tomar decisiones y planear cuando se es tan consciente del interior de uno y del entorno. Cuando se es tan consciente del ser. El errar es humano, pero el sufrir también.

La segunda mitad del año trajo nuevos y viejos bajones. Valle y cresta constantes fueron mis días. Caminé la rutina empapada en nihilismo; en falta de ganas, en relevancia y en inconstancia. Pero sobre todo, en falta de sentido.

Hice muchos planes y me propuse objetivos que cumplí a medias. Sí, por falta de ganas y voluntad, como todo en mi vida. Experimenté extremos altibajos en donde los bajos terminaron ganando. Me hundí en boludeces. Volví a las películas, a los libros…a tratar de encontrar la dimensión paralela (la cama siempre gana). Me junté mucho, salí bastante, traté de estar poco tiempo conmigo misma. Recién ahora volví al encierro y a la reclusión, por hartazgo nomás.

Justo en semanas en las que las sonrisas no sobraban y la atmósfera ya asfixiaba lo suficiente, la vida decidió que el pasado me pasara a menos de un metro y que ni me mirara a los ojos a pesar de haberme reconocido desde lejos. Golpe bajo que pegó más de lo que me hubiera gustado. Y otra vez odié, y otra vez extrañé y otra vez me arrepentí y otra vez dudé.

Y acá estoy, cagándome de calor de nuevo en un diciembre, mes que odio. Con la intolerancia y el cansancio a flor de piel. Con una insensibilidad que juega a superar al desgano. A veces sólo sonrío y hablo boludeces para tener que dar menos explicaciones, pero cada vez lo hago menos (las tres cosas incluidas).

Cierro el año sin saber lo que quiero. O mejor dicho, sin saber qué alternativa es la mejor cuando lo que uno quiere no se puede.

Diría que espero que el año entrante sea mejor, pero la verdad es que no sé si me importa. Lo más probable es que el 2012 me encuentre masticando prozac o mudándome al monte (o ambas cosas).


 -Soy un cobarde, no puedo soportar el sufrimiento de ser feliz. Cioran-