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sábado, 24 de marzo de 2012


“What is it about? That someone's belief in virtue is more important than virtue itself? Could it be about how rational thought destroys your soul? Could it be about the triumph of irrationality and the power that's in that? You know, we spend a lot of time trying to organize the world. We build clocks and calendars and we try and predict the weather. But what part of our life is truly under our control? What if we choose to exist purely in a reality of our own making? Does that render us insane? And if it does, isn't that better than a life of despair?”

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No quiero caer en el subjetivo y debatible cliché de lo correcto e incorrecto o de lo bueno y lo malo porque no va a conducir a ningún lado. Sí voy a decir que muchas veces camino en la frontera entre el repetir errores y el intentar algo diferente. Una de las frases que he repetido bastante este último tiempo es que si se quieren resultados diferentes, hay que hacer cosas diferentes. Puede sonar a filosofía barata de best-sellers de autoayuda, pero la verdad es que es un lineamiento científico básico. También es cierto que nada fructífero saldrá de repetir algo sin implementarlo. Cuando las cosas no están yendo bien, uno es más consciente de sus actos, por ende podría decirse que, más que espontaneidad, hay planeamiento. Sin embargo, cuando el júbilo está vigente, uno suele caer en el egoísta modo autómata que es preferible evitar.

Hoy, por cosas de la vida, fue ejemplo de este segundo caso. Lo curioso es que luego de actuar y, consecuentemente, seguir en mi nube de pedo, sentí un algo dando vueltas por mi interior. Consciencia? Razón? Alerta de posible repetición de un error. En criollo quizás dirían que recapacité. Prefiero decir que me demostré que puedo con algunos cambios, que en cierto modo, crecí (un poco).

Cuando vivimos en sociedad y cuando establecemos lazos afectivos, el concepto de libertad no es más que una utopía inalcanzable.

A veces el silencio es necesario.

lunes, 19 de marzo de 2012


Camino a las apuradas, zigzagueante, esquivando gente en el camino, esquivando esos rayos de luz que se filtran entre los edificios cuando el sol no está todavía muy alto. A lo lejos veo una remera blanca, formando cola para el colectivo. Un chico de unos treinta años, solo, serio. Se agacha un segundo y estira su brazo hacia el suelo. Cuando me acerco miro con curiosidad, pero sin detenerme, el cantero que él tiene a sus pies. Nada en un charquito de agua un barquito de papel, chiquito, de unos cuatro centímetros de largo y dos dedos de alto. Me sonrío como sonsa y mientras sigo escurriéndome entre la muchedumbre, pienso en el tiernamente infantil acto del chico de remera blanca. La tierra mojada del cantero trae a mi mente el olor a mineral húmedo, ergo, recuerdo el patio de doña Selva. Cortas eran las tardes cuando salía a los trotes con mi balde y mi pala hacia ese verde eterno. Claro, cuando miro la extensión de ese terreno desde mis ventipico parece, más bien, bastante finito. Me volvía a casa siempre con un reto de la vieja. También yo, cavarle un hueco justo al lado de las azucenas! Bueno, en realidad era detrás de ellas, porque las usaba a modo de fuerte para ocultar mi delincuencia. Cuando terminaba de darle forma a ese vacío, prolijamente lo llenaba con agua que sacaba del aljibe. Una vez listo el diminuto lago artificial, me lavaba las manos en la pileta del fondo y sentada a lo indio en el suelo me ponía pacientemente a hacer barquitos de origami. Cuando la flota estaba completa, juntaba hormiguitas con dos palitos (a lo chino), a quienes embarcaba para dar un paseo. Algunas veces se me hundían algunas y, la verdad, esas noches no dormía. Sentía un hormigueo en las piernas, a modo de represalia. Consciencia, le llaman algunos. Pero se ve que la que me tocó a mí vino medio fallada, porque a los dos días ya me había olvidado de los marines perdidos y planeaba mi próxima aventura acuática. Según mi tía, algunos tenemos memoria a corto plazo cuando se trata de macanas que nos mandamos, y a largo plazo cuando esperamos alguna prometida recompensa. Quisiera darle la razón, pero honestamente, es más útil jugar al desentendido.

martes, 6 de marzo de 2012



Tomó un sorbo de la gaseosa y lo dejó estancado en su boca, sintiendo cómo de a poco se le adormecía la lengua. Esa sensación le parecía rara, curiosa, pero molesta a la vez; sin embargo, una vez que tragaba, le daban ganas de repetir el juego. Absorto pensaba, aunque no sabía bien en qué. Quizás en la física de las burbujas, sobre de las cuales algunas vez le prometieron una explicación. Quizás en la transparencia u opacidad de los objetos. Quizás en la desgracia del ser infinito. Quizás en los cambios, en el río de Heráclito o en las penas de Asterión. Lo cierto es que en su cabeza las ideas hacían festín; el popurrí era muy acentuado. De pronto se dejaba llevar por esa anestesia local que le producían las burbujas y al parpadear se encontraba en otra locación. Era un cuarto vacío, de paredes beige con vetas en las aristas que parecían humedad (lo que equivalía a fuga de sensatez). Cuando digo vacío quiero decir que no había personas, ni muebles, ni mucho menos animales. Sí había paredes internas que lo subdividían en cuantas partes fuera necesario. Por algún carril circulaban las dudas, por otro las certezas (esas eran muy pocas), por otro los miedos y por otro los inclasificables, que eran mayoría. Tragó el sorbo y así terminó lo que quedaba en el vaso. Observó sin querer que en un rincón del vidrio había una pequeña burbujita interna. Repitió en su mente: ‘burbujita interna’. Tanto cavilar para que al final de cuentas un insulso detalle le rotulara la cuestión. Ironías de la vida, le deletreó su inventario encefálico. Ja. Acomodó la silla en su lugar, lavó el vaso y salió al sol. 

lunes, 5 de marzo de 2012


Hoy es un día en el que me vienen a la mente todas las ironías de la vida de las cuales me sentí víctima.  Cada una de esas bufonadas que marcaron mis días saltaron hoy de un cajón a otro de mi memoria. Haciendo ruido, desacomodando más…haciéndose notar.

Esta tarde, mientras trataba de concentrarme en cuestiones identitarias y otra parafernalia pseudo intelectual, entró una ráfaga de viento imponente. Las cortinas se elevaron con violencia y se voló el calendario que tengo pegado en la puerta del armario. El mes de febrero aterrizó debajo de la mesa. Cuando lo noté, me sonreí, parecía ser un aviso para que caiga en la cuenta de que un mes más se fue y que nada más, ni nada menos, tengo que afrontar marzo. Con sus recuerdos, con sus carencias, con sus sumas y sus restas. Con lo que hay, con lo que queda. 

jueves, 1 de marzo de 2012



Ese sexto sentido femenino, que se dice que se tiene, fue el vehículo por el cual me robó una sonrisa. O mejor dicho, unas cuantas, porque así de pava soy. Podría desglosar otros cuantos clichés hoy, acá. Como por ejemplo, el de que las calladitas son las peores. O sino, que el que calla, otorga. O simplemente podría decir que cuando las mujeres quieren chismes, tienen todos los sentidos alerta. Con gracia me dijo que va  a marcar territorio para que no relojées más. Con gracia le dije yo que sí, que tiene razón, que hay cruces de miradas, que parecés suricata cuando me muevo por los pasillos y que a pesar de que no te abro más la puerta, nos cruzamos en otras habitaciones. Nos buscamos sin decirlo, nos miramos sin hacer nada. Charlas excusas sí las hay, tanto como cobardía acumulada. Que intuyo que me va a entregar, a la par que siento la  cara caliente de vergonzosa timidez. Entonces, cuántos encuentros “casuales” más se necesitan para que me preguntés el nombre?