Tomó un
sorbo de la gaseosa y lo dejó estancado en su boca, sintiendo cómo de a poco se
le adormecía la lengua. Esa sensación le parecía rara, curiosa, pero molesta a
la vez; sin embargo, una vez que tragaba, le daban ganas de repetir el juego. Absorto
pensaba, aunque no sabía bien en qué. Quizás en la física de las burbujas,
sobre de las cuales algunas vez le prometieron una explicación. Quizás en la
transparencia u opacidad de los objetos. Quizás en la desgracia del ser
infinito. Quizás en los cambios, en el río de Heráclito o en las penas de
Asterión. Lo cierto es que en su cabeza las ideas hacían festín; el popurrí era
muy acentuado. De pronto se dejaba llevar por esa anestesia local que le
producían las burbujas y al parpadear se encontraba en otra locación. Era un
cuarto vacío, de paredes beige con vetas en las aristas que parecían humedad (lo
que equivalía a fuga de sensatez). Cuando digo vacío quiero decir que no había
personas, ni muebles, ni mucho menos animales. Sí había paredes internas que lo
subdividían en cuantas partes fuera necesario. Por algún carril circulaban las
dudas, por otro las certezas (esas eran muy pocas), por otro los miedos y por
otro los inclasificables, que eran mayoría. Tragó el sorbo y así terminó lo que
quedaba en el vaso. Observó sin querer que en un rincón del vidrio había una
pequeña burbujita interna. Repitió en su mente: ‘burbujita interna’. Tanto cavilar
para que al final de cuentas un insulso detalle le rotulara la cuestión. Ironías
de la vida, le deletreó su inventario encefálico. Ja. Acomodó la silla en su lugar,
lavó el vaso y salió al sol.
Sunday Secrets
Hace 12 horas



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